por
Calfucura
@ 2006-11-16 - 20:31:37
-Capítulo primero, del ensayo historiográfico del profesor Fontana llamado “La historia de los hombres: el siglo XX”. Fontana es profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona (España).
A comienzos del siglo XX empezaba a resultar visible el agotamiento de los viejos métodos de la erudición histórica académica del siglo XIX, con sus pretensiones de objetividad científica, que enmascaraban el hecho de que su función real era la de servir, por un lado, para la educación de las clases dominantes y, por otro, para la producción de una visión de la historia nacional que se pudiera difundir al conjunto de la población a través de la escuela. Dos ejemplos nos permitirán ilustrar esta doble función. En las universidades británicas la enseñanza estaba pensada para reforzar el consenso en torno a los valores morales y sociales dominantes. La gran mayoría de los profesores compartían “un esquema interpretativo único, que se transmitía a los estudiantes como verdadero, adecuado y razonable”, destinado a exaltar los valores de “la ciudadanía responsable”. Por otra parte, en Francia, en palabras de Paul Nizan, el maestro de escuela cumplía, para la sociedad burguesa, la misma función que el cura para la feudal: “El prestigio local del maestro laico servía para propagar en las más pequeñas poblaciones una especie de enseñanza de estado de la moral oficial”.
Esta crisis se agravaría después de la primera guerra mundial, en el período de 1918 a 1939, cuando el mundo sufrió una transformación que dejó desplazados a los profesionales de la historia que se habían formado con el convencimiento de estar siguiendo los mismos caminos que el resto de los científicos en busca de una verdad objetiva, al servicio de una sociedad de fundamentos casi universalmente aceptados. Todo estaba cambiando. Cambiaba la ciencia, que seguía los caminos de Planck, Einstein y Heisenberg y dejaba de ser una fuente de certezas inmutables. Y lo hacía también, y eso era peor, la sociedad, donde aparecían nuevos problemas para los cuales los historiadores académicos parecían tener menos respuestas que los cultivadores de otras ramas de las ciencias sociales que regatearían ahora a la historia su utilidad como herramienta para analizar eficazmente la sociedad.
El problema no era ya el de la naturaleza de la historia como ciencia, que era lo que habían discutido hasta entonces los filósofos, sino el de su utilidad. Uno de los factores que había minado la relevancia del viejo saber académico, y que habría de obligar a su reforma, era la aparición de las masas en la vida colectiva. No se trataba solamente del gran miedo lejano de la revolución rusa, sino del cambio de actitud de los hombres que, al volver de una guerra insensata y sangrienta, exigían su derecho a una sociedad mejor y más justa, como se les había prometido en los años de la lucha en las trincheras. Un observador tan agudo como Keynes decía, a poco de acabar la guerra, que el crecimiento capitalista se había basado hasta entonces en el engaño, pero que, una vez descubierto éste, “las clases trabajadoras puede que no quieran seguir más tiempo en esta amplia renuncia”. Sin este trasfondo no se entendería la repercusión en el terreno de las ciencias sociales de la inquietud que se extendió por Europa en estos años: huelgas en Francia, huelga general inglesa, ocupaciones de fábricas en Italia, crecimiento del partido comunista en Alemania…
Ortega y Gasset -que en 1922 había dado muestras de hasta qué punto el pánico puede producir la suspensión del sentido común, al sostener que el comunismo ruso sólo se entendía en relación con la religiosidad oriental y que para comprenderlo no se debía leer a Marx, sino los viejos libros sagrados de China, los Upanishads y las enseñanzas de Buda - expresaría en 1929 la inquietud del conservadurismo europeo en La rebelión de las masas. El gran problema en este momento en Europa era el advenimiento de las masas al pleno dominio social: como “las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad”, Europa estaba sufriendo la más grave de las crisis imaginables.
La historiografía tradicional, que se ocupaba de los reyes y los dirigentes, y que sólo consideraba a las masas como un factor de perturbación que irrumpía súbitamente, y fugazmente, en la evolución “normal” de las sociedades, no tenía nada que decir sobre estas cuestiones. Buena parte de los representantes del orden establecido académico se encerraron en su torre de marfil, predicando la vieja moral, incapaces de encontrar respuestas adecuadas a los cambios que se estaban produciendo a su alrededor.
En esta situación se entienden mejor las críticas que la historia académica comenzaba a recibir desde otras disciplinas, como la sociología y la antropología, que habían iniciado a fines del siglo XIX su renovación: una reacción contra los “excesos” del evolucionismo –contra la idea de que los hechos sociales pudieran estudiarse a través de su génesis y su evolución-, con una propuesta para analizar globalmente la sociedad, considerada como un sistema dentro del cual era necesario examinar la función que ejercía cada uno de los fenómenos estudiados. Con ello se quería llegar a una imagen de la sociedad como un sistema en equilibrio estático, cuyas reglas debían estudiarse con el fin de saber cómo había que actuar para restablecerlo en los casos en que fuera perturbado.
En el campo de la sociología los grandes cambios procederían sobre todo de Durkheim (1858-1917), Tönnies (1855-1936) y Max Weber (1864-1920). Durkheim señalaba que la primera regla del método sociológico era la de “considerar los hechos sociales como cosas” que debían estudiarse al margen “de sus manifestaciones individuales”, examinando la función que cada uno de ellos cumple en su propio medio. Tönnies, por su lado, se basó en la dicotomía entre “comunidad” y “asociación” o “sociedad” –Gemeinschaft y Gesellschaft- que serviría de modelo a todo un juego de otras dicotomías que se utilizarían para la interpretación de los fenómenos sociales –“tradicional” y “moderno”, etc.
Mayor sería, a la larga, la influencia de Max Weber, profesor de economía, liberal preocupado por encontrar en la política alemana una tercera vía entre el conservadurismo prusiano y el marxismo –asustado, como tantos otros, por los movimientos revolucionarios que se habían producido en Alemania en 1918-, quien para enfrentarse a la crítica neokantiana que quería reducir las ciencias sociales al estudio de lo individual y lo concreto, definió el método de los “tipos ideales”, conceptos que se construyen sintetizando rasgos que extraemos de la realidad con la finalidad de poderlos estudiar, y que presentaba no como un nuevo sistema de trabajo, sino como la práctica habitual e inconsciente de los científicos sociales, que él se había limitado a desvelar. Weber quiso resolver también el problema de la objetividad con el postulado de la “neutralidad ética” (Wertfreiheit) que debía llevar al científico social a separar su trabajo de investigación que había de limitarse a los hechos establecidos científicamente, de los juicios de valor, que pertenecen a otro dominio. Pero si esta separación es relativamente factible en el nivel que corresponde a la formulación de afirmaciones concretas –al estudio de hechos puntuales- no lo es cuando se trata de las perspectivas globales adoptadas por el historiador, donde la elección del punto de vista se ve claramente afectada por sus intereses y por su visión del mundo, con lo cual la pretendida “neutralidad” se convierte en una trampa. En lo que respecta a su contribución personal a la historia, en la obra de Weber encontramos, por un lado, unos trabajos sobre la antigüedad romana, fuertemente influidos por Mommsen, que no han recibido demasiada atención, y su estudio sobre el papel de la religión en el desarrollo económico en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, un libro de 1904-1905 al cual añadiría en 1920 una introducción en que definía el problema de que se ocupaba como el de dilucidar las circunstancias que explican “la aparición en Occidente, y sólo en Occidente, de unos fenómenos culturales situados en una línea de desarrollo (…) de significación y validez universal”. Ninguna de estas obras, sin embargo –por más que La ética protestante haya dado lugar a una abundante bibliografía de comentarios, mayoritariamente críticos-, ha tenido una influencia real en la historiografía, donde el papel de Weber ha sido mucho menos el de guía para la investigación que el de proveedor de referencias metodológicas de cobertura, utilizadas de forma muy diversa. Porque si bien sirvió inicialmente de fundamento para planteamientos que se presentaban como opuestos al marxismo, en los años sesenta apareció, en contraste con la sociología funcionalista de Talcott Parsons, una “izquierda weberiana” que reivindicaba al pensador alemán como fundamento de una sociología histórica de izquierdas, mientras que Ernst Nolte ha utilizado el concepto de neutralidad ética como pretexto en su intento de desculpabilizar a Alemania de su pasado nazi.
En el terreno de la antropología la ruptura con el evolucionismo data de 1896, cuando Franz Boas (1858-1942) atacó los métodos comparativos e inició los caminos de un neopositivismo sin generalizaciones, fuertemente influido por Dilthey y por los neokantianos, que recibiría el nombre de “particularismo histórico” y que estaba cercano al funcionalismo. Pero las influencias renovadoras parten también en este caso de Durkheim y de Marcel Mauss (1872-1950), inspiradores de los antropólogos británicos que sostenían la necesidad de considerar globalmente los sistemas sociales, concebidos como un conjunto de elementos funcionalmente interdependientes. Así, E.R. Radcliffe-Brown (1881-1955), que decía que el presente no había de ser interpretado en términos de su génesis sino por su estructura y funciones, y Bronislaw Malinowski (1884-1942), que combatía explícitamente las influencias del evolucionismo, del difusionismo y de “la llamada concepción materialista de la historia”, y pretendía centrarse en la visión del mundo de los indígenas, “el aliento de vida y realidad que respiran y por el que viven”. En el terreno de la arqueología estos planteamientos favorecieron el paso del difusionismo, dedicado al estudio de elementos culturales aislados de cualquier contexto, a un funcionalismo claramente inspirado por la antropología, al menos hasta el salto hacia delante que representó Gordon Childe. La influencia de la antropología se manifestó también en la economía, en la obra de Karl Polanyi y de sus discípulos, de la cual hablaremos más adelante.
Pero el ataque final a la ortodoxia académica de los historiadores procedió de los filósofos, que continuaban así la tarea iniciada a finales del siglo XIX por los neokantianos y por “la filosofía de la vida”. La actitud más extrema en este terreno sería la del austro-británico Karl Popper que, confundiendo abusivamente la condición de ciencia con la capacidad de predecir, negaría a la historia todo valor científico, en un esfuerzo que tenía menos que ver con la epistemología que con sus preocupaciones políticas anticomunistas (que le ayudaron a realizar una brillante carrera en la Inglaterra de la guerra fría). En posiciones parecidas, pero más matizadas, estaban Carl Hempel y Patrick Gardiner que, si bien sostenían que la historia no cumplía la exigencia científica que indica que “la explicación de un fenómeno consiste en subsumirlo bajo leyes o bajo una teoría”, admitían que las explicaciones de los historiadores usaban esquemas “con una indicación más o menos vaga de las leyes y condiciones iniciales que se consideran pertinentes”. Frente a esta visión de unas “covering laws” o “leyes inclusivas” se situaba William Dray, quien decía que no había que hacer ni siquiera este tipo de concesiones a una disciplina que no explica, sino que solamente describe. Mientras Arthur C. Danto afirmaba que este debate era puramente verbal y que la tarea de la historia, en última instancia, sería siempre la de explicar lo que pasó en su maravillosa variedad de detalles, sin tener que recurrir a ninguna ley general, lo que hacía evidentemente inútiles las “filosofías substantivas” de la historia.
La influencia de estos planteamientos filosóficos se dejaría de sentir en algunos historiadores del período, si bien los más importantes de ellos, Croce y Collingwood, eran en realidad historiadores y filósofos a medias, aunque más relevantes en ese terreno híbrido de su teorización, es decir, como “filósofos de la historia”, que en los de la filosofía o de la historia en concreto.
Benedetto Croce (1866-1952) había comenzado dentro del campo de influencia del marxismo, como discípulo de Labriola, por lo abandonó muy pronto, ya que, como dijo Momigliano, “no tenía ninguna intención de subvertir un orden social al que debía su fortuna y, en consecuencia, la libertad para estudiar lo que le gustaba”. En el momento crucial del ascenso de Mussolini votó en el senado a favor de darle plenos poderes, y mantuvo este apoyo incluso después del asesinato de Mateotti. Sólo se apartó de esta postura en 1925, para permanecer como cabeza visible de una especie de oposición liberal, no demasiado limitante y tolerada por los fascistas. Partiendo de postulados neokantianos, y con alguna influencia del idealismo hegeliano, Croce elaboró su doctrina de un historicismo absoluto que identificaba filosofía e historia. De todas las modalidades posibles de la historia consideraba que la más elevada era la que designó como “historia ético-política”: la historia de la razón humana y de sus ideales, “resolviendo y unificando en ella tanto la historia de la civilización como la del estado”. La base del juicio histórico era la exigencia práctica: por muy alejados que estuvieran los hechos que se estudian, su historia siempre será historia contemporánea, ya que la construimos en función de nuestras necesidades y problemas actuales. “Los requisitos prácticos que laten bajo cada juicio histórico dan a toda la historia el carácter de ‘historia contemporánea’, por remotos en el tiempo que puedan parecer los hechos que refiere: la historia, en realidad, está en relación con las necesidades actuales y con la situación presente en que vibran estos hechos.” Con Croce nos hallamos en un terreno de experiencias vivenciales, sin causalidad ni leyes. No hay ni siquiera tiempo, sino fluir. Ni tampoco hay historia, sino tantas historias como puntos de vista.
Con Robin G. Collingwood (1889-1943), filósofo y arqueólogo “a tiempo parcial”, especializado en el estudio de la Britannia romana, nos encontramos próximos a Croce, de quien era seguidor y amigo personal, pero con matices originales. En La idea de la Historia, que en la parte que llegó a escribir se presenta como una historia de la historiografía acompañada de reflexiones sobre temas como “La imaginación histórica” o “La historia como ‘reactualización’ (“re-enactment”) de experiencia pasada”, ataca el concepto de una historia positivista según el modelo de las ciencias naturales, ya que la tarea propia del historiador es la de “penetrar en el pensamiento de los agentes cuyos actos está estudiando”. La historia se parece a la ciencia por el hecho de que busca un conocimiento razonado, pero no se ocupa “de lo abstracto, sino de lo concreto: no de lo universal, sino de lo individual”, y usa para hacerlo la “imaginación histórica”, con la cual construye explicaciones a partir de los datos aislados. El pasado no es directamente observable, sino que “el historiador ha de revivir el pasado en su propia mente”. Cuando lee unas palabras escritas –un documento o una crónica- “ha de descubrir lo que quería decir con aquellas palabras quien las escribió”. Sólo puede haber conocimiento histórico de lo que “puede ser revivido en la mente del historiador”. No basta, sin embargo, con la empatía que nos hace comparar experiencias del pasado con las nuestras, sino que necesitamos revivir el pensamiento en nosotros: “No puede haber historia de cualquier cosa que no sea pensamiento (…). El conocimiento histórico tiene como su objeto propio el pensamiento: no las cosas pensadas, sino el acto mismo de pensar”. Es precisamente en esta cuestión del “re-enactment” donde Collingwood va más allá de Dilthey o de Croce, y habría podido suscitar reflexiones interesantes por parte de los historiadores, pero la verdad es que su libro, constantemente reeditado y frecuentemente citado en Inglaterra, suele ser menospreciado por los filósofos –su primera edición, aparecida póstumamente, fue de hecho mutilada por el filósofo a quien Collingwood había confiado la publicación- y pese a haber sido ampliamente leído por los historiadores, ha influido muy poco en su práctica.
Hijas también del neokantismo y de la filosofía de la vida son las morfologías, que se basan en la idea de lo que lo que no puede alcanzarse en historia mediante la formulación de leyes, se puede obtener mediante la contemplación y comparación, deduciendo a partir de ellas unas regularidades que sirven para fabricar pautas cíclicas que permiten entender el pasado e incluso predecir el futuro.
Oswarld Spengler (1880-1936) publicó al final de la primera guerra mundial un libro espectacular que se hizo rápidamente famoso: La decadencia de Occidente (Der Untergang des Abendlandes). Era una obra que se nutría de las influencias ideológicas de unas corrientes irracionalistas autóctonas, como el Nietzche del “eterno retorno” o el vitalismo de Dilthey, pero también las de Wagner, de Haeckel o del Ibsen crítico de los valores burgueses. Spengler, que había fracaso en su intento por presentar una tesis doctoral y hacer carrera universitaria y se tuvo que contentar con dedicarse a la enseñanza secundaria, acabó dejando este trabajo y marchó a Munich en 1911 para dedicarse a escribir. El primer resultado fue este libro en que ofrecía una visión global de las ocho grandes civilizaciones mundiales de la historia para llegar a establecer las reglas que anunciaban la decadencia de la única cultura existente en su tiempo. Spengler distingue entre ciencia e historia, de acuerdo con la forma de aproximarse a su objeto. La ciencia usa leyes; la historia, la intuición. A la morfología de las ciencias de la naturaleza, que establece relaciones causales y descubre leyes, opone la morfología de la historia, que usa como métodos de trabajo “la contemplación, la comparación, la certeza interior inmediata, la justa imaginación de los sentidos”. A fin de sobreponerse a los errores que engendra el espíritu de partido, la contemplación del historiador se dirige a un horizonte de milenios, desde un punto de vista estelar. Desde allí contempla la coexistencia y la continuidad de las culturas, cada una de las cuales es un fenómeno cerrado sobre sí mismo, peculiar e irrepetible, pero que muestra una evolución que nos es posible comparar morfológicamente con la de otras y nos da, con ello, la clave para comprender el presente. Este juego de comparaciones le permitía predecir el futuro y anunciar la inmediata crisis de “Occidente”, que los nazis entendieron como un presagio del triunfo de su “nuevo orden” –de hecho su libro acababa anunciando “las últimas victorias del dinero” y la próxima llegada del cesarismo- , si bien más adelante se cansaron de este profeta de desastres, demasiado conservador para sintonizar plenamente con el nazismo, que en 1933 decía que la civilización blanca estaba amenazada por dos grandes revoluciones hostiles, la lucha de clases y la lucha de razas, y anunciaba desastres inminentes para la raza blanca, si no se reavivaba “el espíritu guerrero, ‘prusiano’, que será la potencia generadora de las nuevas fuerzas”. No importa que, como diría Troeltsch, La decadencia de Occidente estuviera basada en bibliografía secundaria, y llena “de datos falsos, de afirmaciones fantásticas y de analogías equivocadas”. Uno de los espectáculos más repetidos durante el siglo XX en el terreno de las ciencias sociales y de la cultura ha sido justamente el del éxito obtenido por recetas simplistas, fáciles de utilizar, que responden a las inquietudes del momento, pero que no deberían haber resistido un análisis crítico racional. Spengler, que escribía su libro en los tiempos de la crisis final del poder imperial alemán –los tiempos de la derrota, la revolución y el nacimiento de la respuesta nazi- , ofrecía una visión culturalista de la historia que cualquiera podría manejar con el objeto de buscar respuestas a sus angustias. Arrebatada la historia a los profesionales –como diría Ortega y Gasset en el prólogo de la edición española: “No basta, pues, con la historia de los historiadores”- y la entregaba al hombre común para que pudiera hacer sus propias especulaciones y descubrimientos.
Si Spengler fue el morfólogo de moda en el período entre las dos guerras mundiales, Arnold J. Toynbee (1889-1975), pese a haber comenzado a publicar anteriormente, lo fue después de la segunda, cuando se le llegó a considerar el historiador más grande del mundo y vio cómo su inmenso Estudio de la Historia, que se leía sobre todo en compendios, era celebrado como “la obra más grande de historia que jamás se haya escrito”. Hoy, en cambio, está justamente olvidado y se ha convertido él mismo en un objeto de estudio, que nos invita a averiguar cómo pudo producirse un engaño intelectual de tal magnitud.
Toynbee pertenecía a una familia que tuvo que hacer frente a una situación económica difícil, al volverse loco el padre del historiador, que permanecería treinta años encerrado en un manicomio. Se casó en 1913 con una mujer de una familia rica e influyente, de quien tuvo que recibir a menudo ayuda económica, y consiguió librase de luchar en la primera guerra mundial. Su carrera universitaria como especialista en el estudio de la historia antigua no fue muy duradera y tuvo que ganarse la vida como director de estudios del Institute of International Affairs, donde publicaba anualmente un volumen de Sumario de los asuntos internacionales, en un trabajo que le dejaba los meses de verano libres para escribir, inspirándose en alguna medida en Spengler, el mastodóntico Estudio de la historia, que apareció en doce volúmenes entre 1934 y 1961 (mientras tanto su mujer, cansada de él y de su “insensata obra”, se fugaba con un fraile dominico veinte años más joven que ella).
En su magnum opus –que ha sido descrito como “un inmenso poema teológico en prosa”- Toynbee mostraba todo el curso de la historia humana en una sucesión de veintinueve “sociedades” o “civilizaciones”, que nacen como consecuencia de unos estímulos, de la necesidad de superar unos factores adversos que suscitan una respuesta por parte de los hombres que las experimentan, a menos que sean de tal dureza que frenen la respuesta o la aborten. Hay veintiuna civilizaciones plenamente realizadas, tres abortadas y cinco frenadas. Los protagonistas reales de estos procesos, sin embargo, no son las colectividades que están incluidas en estas civilizaciones, sino algunos individuos excepcionales y pequeñas minorías creadoras que hallan unos caminos que los otros seguirán por mimesis o imitación. El individuo creador se retira del mundo para recibir su iluminación personal y vuelve para enseñar a otros (san Pablo, Buda, Mahoma, Dante, Maquiavelo, etc.). Cuando las sociedades se estancan, las minorías dejan de ser creadoras para convertirse en dominantes, y pierden la adhesión colectiva. Necesitan entonces reemplazar la persuasión por la coerción y los antiguos discípulos se convierten en un proletariado refractario. Contra el imperio universal consolidado por la minoría dominante, el proletariado interno crea una iglesia universal. Los pueblos vecinos, que mientras subsistía el impulso creador sentían su influencia, se vuelven hostiles. Así se prepara, desde dentro y desde fuera, el hundimiento del imperio y se crean las condiciones que harán nacer una nueva sociedad.
Este esquema simplista no sólo ha podido reducirse a un compendio, sino incluso a unas tablas esquemáticas donde se representan las veintinueve civilizaciones y se identifican los momentos que corresponden a cada fase y a cada elemento de su ciclo –imperio universal, iglesia universal, proletariado interno, etc. Con este mecanismo la investigación histórica se hace prácticamente innecesaria, más allá del esfuerzo de identificación que se necesita para situar cada momento del pasado, o del presente, en el cajoncillo correspondiente.
Su construcción misma llevaría a Toynbee a buscar la solución de los problemas del mundo actual en el establecimiento de un nuevo imperio universal que durante unos años pensó que podía tener a Hitler como nuevo Augusto. Después de la segunda guerra mundial, con los norteamericanos asumiendo el liderazgo del “mundo libre”, Toynbee conseguiría un gran éxito en Norteamérica (un hecho harto paradójico, ya que personalmente menospreciaba a los “bárbaros” norteamericanos). En los Estados Unidos su obra, difundida en un compendio de un solo volumen –una síntesis hecha por David Somervell de la que se vendieron 130.000 ejemplares en el primer año-, se convertiría en el evangelio que anunciaba la nueva era y que le proporcionó una fama que sirvió para alimentar su progresiva megalomanía. Hasta que los propios norteamericanos se cansaron de escuchar la misma canción, que no había sabido transformar para adaptarla a los tiempos de la guerra fría.
Por más que Spengler y Toynbee sean autores que ningún historiador toma hoy en serio, su influencia no ha desaparecido en algunos círculos de sociología histórica, como en el grupo de sociólogos y politólogos “civilizacionistas” que se limitan a recuperar el modelo de las viejas morfologías y no parecen tener otra preocupación que la de construir grandes esquemas para interpretar el pasado y hacer previsiones de futuro, sin molestarse en investigar la realidad del presente.
Sin embargo, la visión de la ciencia histórica del período de entreguerras que podemos obtener desde la perspectiva de la filosofía de la historia, que nos muestra una disciplina desconcertada y en decadencia, no corresponde a la realidad. Los filósofos podían negar la validez científica de la historia, pero no influían con ello más que en una pequeña minoría de historiadores. Los políticos necesitaban que se escribiese, por un lado, un tipo de “historia nacional” que justificase sus planteamientos y reivindicaciones: algo que resultaba de especial importancia en una Europa que, después de la primera guerra mundial, había visto grandes cambios de fronteras que habrían de ir acompañados por el reforzamiento de las conciencias de las nuevas naciones. También necesitaban, por otro lado, que se redactaran libros de texto que ayudasen a enseñar en la escuela los valores sociales preconizados por las clases dirigentes. Este segundo problema era de orden general, pero resultaría especialmente urgente en los países dominados por el fascismo.
En Alemania la derrota en la primera guerra mundial suscitó por parte de las autoridades de Weimar un intento de renovar la enseñanza de la historia, superando el ultra nacionalismo conservador de la etapa imperial. Muy pocos historiadores académicos, y pocos docentes, dieron apoyo a esta postura, de manera que la enseñanza de la historia se mantuvo en lo esencial sin modificaciones, salvo el añadido que introducía en los manuales escolares la versión de los militares que sostenían que el ejército alemán no había sido derrotado en el campo de batalla, sino como consecuencia de “la puñalada por la espalda” de la subversión interior. “De la guerra los estudiantes alemanes han de retener que se ha perdido, no por causa de los generales, erigidos bien al contrario en héroes, sino por los políticos, los demócratas y los socialistas.” Al mismo tiempo comenzaba a aparecer un nuevo grupo de historiadores, sociólogos y folkloristas que proponían una “Volksgechichte” que reconstruía la vida cotidiana del pueblo común, pero de un “pueblo” entendido en términos de “raza” que estaba destinado a sustituir el concepto de “nación”.
El mundo académico alemán fue incapaz de asociarse a las transformaciones culturales de la época de Weimar, que hicieron de Berlín la capital de las vanguardias mundiales, porque escogió reflejar el pesimismo de la derrota del orden prusiano, del cual saldría una obra como la de Spengler, pero que inspiraba también la brillante evocación de la cultura final de la Edad Media que escribió un holandés educado en Alemania, Johan Huizinga (1872-1945). El otoño de la Edad Media enlazaba arte, literatura, religiosidad y formas de vida, a la manera de Burckhardt, en un cuadro bien estructurado, que correspondía a su visión de la complejidad de unos hechos históricos que dependían “de una multitud casi siempre desconocida de condiciones biológicas y psicológicas”, perturbadas además por otras circunstancias independientes de ellas, que llevaban al historiador a resumir todo este complejo en “una interpretación que trabaja continuamente con cien mil incógnitas, grandes complejos sin solución, no en virtud del experimento y del cálculo, sino por su experiencia de la vida y su conocimiento personal de los hombres”.
En contraste con las reticencias que estos hombres manifestaron ante la cultura y la política de Weimar hay que situar la buena acogida que dieron al régimen nazi. De los historiadores se ha podido decir que “se mostraron especialmente dispuestos a ofrecer su apoyo” al Führer, al Tercer Reich, a la revolución nacionalsocialista y a los planes de conquista de Europa, no tanto por oportunismo como por convicción. Fueron muchos los que se sumaron a una visión racista y “völkisch” de la historia y no dudaron en implicarse en el estudio de la “cuestión judía”. Un medievalista de prestigio internacional como Percy Ernst Schramm (1894-1970) se mantuvo hasta el fin al lado del Hitler y en 1963 publicó una visión elogiosa y humana del Führer, olvidando por completo la vertiente criminal del nazismo. Se salvaron de la ignominia general buena parte de los judíos, obligados a dejar el país como consecuencia de las leyes raciales, como Hajo Hollorn, Felix Gillbert o Hans Baron, que prosiguieron su carrera en Norteamérica. Y hay casos aún más complejos, como el de Ernst Hartwig Kantorowicz, que acabó dejando Alemania por el hecho de ser de origen judío, pese a que se sentía muy cercano ideológicamente al régimen nazi.
En Italia el fascismo contó al principio con la actitud tolerante de dos historiadores de tanto prestigio como eran Benedetto Croce y Gioacchino Volpe. Y si bien Croce, como hemos dicho, se apartó de él tempranamente, Volpe, que durante unos años se limitó a la actividad académica, y que patrocinó a discípulos de tanta categoría como Cantimori o Chabod, escribió en 1932 para la Enciclopedia Italiana un largo artículo de historia del fascismo que en 1934 se reeditó como libro y se convirtió en la historia oficial del partido.
En las universidades británicas predominaría en los años de entreguerras un academicismo ensimismado cuya figura más representativa era sir Lewis Namier (1888-1960), un judío polaco nacionalizado (se llamaba realmente Ludwik Bernsztajn vel Niemirowksi), historiador de la política que sólo llegó a completar obras menores. Era de un escepticismo conservador, desconfiado ante las ideas e inclinado a escudriñar los motivos personales de los individuos, lo que se vio agudizado a consecuencia de su interés por el psicoanálisis. A su lado otras figuras menores como John H. Clapham (1873-1946), un historiador de la economía que menospreciaba la teoría y se interesaba por la pura y simple cuantificación. Pero el inmovilismo de las universidades tradicionales sería contrarrestado en este caso por el dinamismo innovador de los creadores de las nuevas tendencias de historia económica y social, de las que hablaremos más adelante.
Una coexistencia semejante de inmovilismo académico e inicio de las nuevas tendencias reformadoras se daría en Francia en los años entre las dos guerras mundiales: la época en que Henri Berr llevó adelante el gran proyecto innovador de “L’evolution de l’humanité”, de la fundación de Annales, de la que hablaremos también después, y de la influencia ejercida por el gran historiador belga Henri Pirenne. Pese a su importancia política, los grupos de extrema derecha no hallarían aquí, a diferencia de lo que había sucedido en italia y Alemania, intérpretes de sus programas en el mundo académico y habrían de recurrir a aficionados de dudosa competencia como Jacques Bainville o Pierre Gaxotte.
No sucedería lo mismo con otro movimiento –o mejor dicho, con otra serie de movimientos- de reforma y de cambio: los de los historiadores que, pensando que su trabajo había de servir para entender ese mundo nuevo en el que vivían, se percataban de que no les servía el tipo de historia que se ocupaba sólo de los reyes, los ministros y los generales: sólo de las clases dirigentes. De ahí la preocupación por escribir una nueva “historia económica y social” que se ocupase de aquello que afectaba a las vidas de todos (y de ahí también que entonces se empiece a descubrir a las mujeres como sujeto activo de la historia). Merece la pena, por ello, estudiarlos por separado, porque si bien coincidieron en el tiempo de su trabajo con los historiadores de los que hemos estado hablando, sus objetivos y sus perspectivas de futuro eran muy distintas.
Josep Fontana
La Historia de los hombres: el siglo XX
Editorial Crítica - Biblioteca de bolsillo